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Por: Dra. Nora Mujica Trenche
Sabemos que en el mundo existen tantas iglesias y denominaciones como personas hay. Entre las iglesias evangélicas o cristianas, cada una predica el evangelio de la salvación y reconoce al Señor Jesucristo como Salvador y Señor de nuestras vidas. Pero a la hora de hablar sobre santidad y de la ética de vida, podemos diferir un poco. Por ejemplo, hay iglesias que predican sobre la importancia de tener y ejercer la fe para que cosas ocurran; otras enfatizan que Dios desea que seamos prósperos y otras predican que los hijos de Dios no pueden enfermarse o pasar necesidad. Aun nosotros mismos, cada cristiano, puede tener un código de vida personal donde establece alguna de estas creencias, lo que les ayuda o no a enfrentar las dificultades de la vida diaria, afectando de forma positiva o negativa su estabilidad emocional. Ahora, ¿qué nos dice la Palabra?
Es cierto que Jesús dijo que vino para darnos vida y vida en abundancia. Es cierto que dijo que si seguimos sus mandamientos y guardamos su Palabra en nuestro corazón y la obedecemos seremos prosperados en todo lo que hagamos (Josué 1). Pero, ¿a qué se refiere con abundancia y prosperidad? Me parece a mí que Dios está más interesado en la formación de nuestro carácter que en la de nuestro bolsillo. En una ocasión, una dama que había pasado un tiempo fuerte de necesidad, esperaba el día en que Dios la bendijera y la sacara de esa posición de lucha y prueba que había durado más de lo que ella hubiera querido. Me dijo que mientras oraba, Dios le indicó: “puedo darte todas las riquezas del cielo en un solo momento, pero ¿cómo eso aportaría a tu carácter?” Dios nos ama demasiado como para dejarnos como estamos. Mientras unas personas viven esperando el día en que Dios sea propicio a ellos, hay otras que se han acostumbrado a la bendición. Esto también tiene su lado negativo. Podemos sentir o creer que somos los favoritos de Dios; que todo lo que hacemos nos saldrá bien, porque sí; o creeremos que estamos tan cerca de Dios que nadie tiene acceso a él como nosotros. Eso nos vuelve unos engreídos espirituales.
El libro de Hebreos nos dice varias veces que las personas que fueron llamadas por Dios, y a las cuales él prometió que los bendeciría mucho más que lo que pudieran imaginar, no vieron el cumplimiento de la promesa. Por ejemplo, Abraham. Dios le prometió que sería padre de una gran nación; eso lo vemos hoy, Dios lo cumplió, pero Abraham no lo vio.
Del mismo modo, nosotros, cuando nos encontramos en momentos de paz y bendición, donde todo parece estar saliendo como lo planeamos, nos podemos encontrar en un momento de dificultad o de prueba y pegar el grito en el cielo… ¡¿por qué a mí?! Este es el momento de la verdad. Aquí es donde Dios nos enseña dónde está nuestro corazón. ¿Cómo respondemos a la prueba?, ¿Qué hay en mi corazón que debe ser transformado y sometido a la obediencia a Dios? ¿Quién soy yo en relación a los demás? ¿Quién soy yo en relación a mí mismo?
Pablo escribió en Hebreos 11:32-34,36-37:
“¿Qué más voy a decir? Me faltaría tiempo para hablar de Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas, los cuales por la fe conquistaron reinos, hicieron justicia y alcanzaron los prometido; cerraron bocas de leones, apagaron la furia de las llamas y escaparon del filo de espada; sacaron fuerzas de la flaqueza; se mostraron valientes en la guerra y pusieron en fuga a ejércitos extranjeros… Otros sufrieron la prueba de burlas y azotes, e incluso de cadenas y cárceles. Fueron apedreados, aserrados por la mitad, asesinados a filo de espada. Anduvieron de aquí para allá, cubiertos de pieles de oveja y de cabra, pasando necesidades, afligidos y maltratados”. La vida del evangelio no se reduce a fórmulas: “mientras haga bien, nada malo me pasará”. Pregúntenle a Job.
Pablo nos da la respuesta a cómo debemos enfrentar este tipo de situaciones por causa del evangelio: “Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe”. (Heb. 12:2) El evangelio no se trata de nosotros; se trata de Jesús y de su obra en el Calvario para que recibiéramos redención por nuestros pecados. Si aún el mismo Dios hecho carne, no resistió su destino de enfrentar la cruz, los clavos, la lanza en el costado, la burla de todo el pueblo y la traición de sus seguidores, ¿qué podemos decir nosotros cuando nos encontremos en diversas pruebas? Tal vez la respuesta deba ser como la de María, “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí como tú digas” (Lucas 1:30 o tal vez como Pablo le indicó a Timoteo: “Tú también, con el poder de Dios, debes soportar sufrimientos por el evangelio”. (II Tim. 1:8b) O tal vez como la respuesta de Job: “El Señor ha dado; el Señor ha quitado, bendito sea el nombre del Señor”. Y también: “Si de Dios sabemos recibir lo bueno, ¿no sabremos también recibir lo malo?” (Job 1:21b, 2:10b)
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