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Por Dra. Nora Mujica Trenche
Cierto día un hombre salió de la ciudad en su carro, y en su recorrido por una zona rural tuvo que tomar un camino de tierra. Algo hizo que el carro se saliera del camino y cayera en una zanja. Un granjero que vivía cerca vio el accidente y acudió a ver si el hombre estaba bien.
“¿Necesita ayuda?” preguntó el granjero.
“Sí, por supuesto”, respondió el hombre. “¿Tiene un caballo o un tractor para ayudarme a sacar el carro de la zanja?”
El granjero pensó un instante y contestó: “Tengo una vaca ciega que se llama Nellie”.
Al hombre le pareció un poco extraño, pero en esa situación debía aceptar cualquier ayuda.
El granjero fue a buscar a la vaca ciega y enganchó las cadenas necesarias para sacar el carro de la zanja. Los dos dieron un paso atrás, y el granjero gritó:
“¡Cameron, tira!” – no pasó nada. Volvió a gritar: “¡Sophie, tira!”, y todo seguía igual. Al escucharlo, el hombre pensó que el granjero estaba loco. Una vez más el granjero gritó: “¡Casey, tira!”, y todo seguía igual. Finalmente el granjero exclamó: “¡Nellie, tira!” e inmediatamente la vaca ciega comenzó a tirar con toda su fuerza y logró sacar el carro de la zanja.
El granjero desenganchó el carro, le quitó las cadenas a la vaca y se despidió del hombre con un apretón de manos, pero el viajero lo detuvo: “le agradezco la ayuda, pero tengo que hacerle una pregunta. ¿Por qué dijo todos esos nombres antes de pedirle a Nellie que tirara?
“Es muy sencillo”, explicó el granjero. “Le dije que la vaca era ciega, ¿recuerda? Si ella hubiese sabido que iba a tirar sola, ¡jamás lo hubiera intentado!”
Cuando nos embarcamos en la obra que el Señor nos ha encomendado, hay ocasiones en que sentimos o creemos que todo el esfuerzo recae sobre nosotros. Como pasó con Elías, cuando después de haber visto la gloria de Dios al derrotar a los dioses de Baal y matar a los profetas falsos que servían a la reina Jezabel, llegó un momento en que pensó que él era el único siervo de Dios que le servía de corazón. ¡Más que sorpresa se llevó cuando Dios mismo le dejó saber que en Israel había quedado un remanente que no había doblado sus rodillas a Baal! La obra del Señor puede volverse pesada cuando nuestros ojos se cierran a la experiencia de lo que Dios ha hecho a través de nosotros y no vemos que algo así de extraordinario esté ocurriendo con los demás a nuestro alrededor. Sin embargo, Dios nos recuerda que no es cuestión de obras majestuosas lo que indica su presencia en la vida cristiana, sino un corazón que no se rinde a la idolatría y que permanece fiel al Dios de los cielos.
Como seres mortales y finitos; como seres que vivimos buscando que Dios se manifieste en nosotros de maneras portentosas, perdemos de vista que la vida cristiana y el servicio al Señor no se trata de manifestación de grandes maravillas, sino de que nuestro corazón permanezca rendido y en obediencia a la voz del Señor para que dirija nuestros pasos, y podamos ser bendición a otros aunque creamos que lo que hacemos es insignificante. Jesús dijo que lo que hiciéramos en lo oculto saldría a la luz y que si nos humillamos bajo la presencia de Dios, en su tiempo él nos exaltará. “Lo que hagáis a uno de estos pequeñitos, a mí me lo hace”. No mires para el lado a ver si alguien está tirando contigo. Tú has lo que tienes que hacer y cuando sea tiempo Dios nos revelará que hay otros como tú y como yo que también han puesto manos a la obra y están trabajando fielmente para la extensión del reino de Dios en la tierra.
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